Grupo de puertas abiertas

Las personas interesadas en participar en nuestro Círculo Literario pueden asistir el segundo martes de cada mes en Park Ave. Plaza, 55 East 52nd Street, Manhattan, NY, de 6 a 9 pm, pero la reunión formal se inicia a las 6:30 pm. El grupo es abierto, gratuito y simplemente se requiere de su interés por crecer como persona y consolidar su disciplina intelectual. Igualmente, puede participar electrónicamente escribiendo al siguiente correo electrónico: GJRN@Hotmail.com

Reunión de agosto de 2007

Reunión de agosto de 2007

Todo depende de la posición

Según estudios recientes,

hacerlo parado fortalece la columna;
boca abajo
estimula la circulación de la sangre;
boca arriba
es más placentero;
hacerlo solo
es rico, pero egoísta;
en grupo
puede ser divertido;
en el baño
es muy digestivo;
en el auto
puede ser peligroso...
Hacerlo con frecuencia

desarrolla la imaginación;
entre dos
, enriquece el conocimiento;
de rodillas
, resulta doloroso...
En fín, sobre la mesa o sobre el escritorio,
antes de comer
o de sobremesa,
sobre la cama
o en la hamaca,
desnudos
o vestidos,
sobre el césped
o en la alfombra,
con música
o en silencio,
entre sábanas
o en el closet:
hacerlo
, siempre es un acto de amor y de enriquecimiento.

No importa la edad, ni la raza, ni el credo, ni el sexo, ni la posición económica...


Leer es un placer!!!

DEFINITIVAMENTE, LO MEJOR ES LEER Y DISFRUTAR DE LA IMAGINACIÓN, Y TÚ LO
ACABAS DE EXPERIMENTAR.

¡¡ENRIQUECE TU HÁBITO POR LA LECTURA!!


viernes, 10 de agosto de 2007

Nereo en El Tiempo



11 de Agosto de 2007 -
Nereo: 50 años retratando al país

Con ojos de clavel, la flor de sus designios astrales, el maestro Nereo López despierta temprano, practica la roña costeña de apartar cobijas y volverse a cubrir hasta cuando son las 7:30 de la mañana. Un café, la ducha, desayuno de cereales, un vistazo informático al mundo y sobre las 10 está abordando el metro para cumplir cualquier cita en la gran ciudad. Almuerza a las 3 y en la noche otra infusión y más trabajo. Y cada segundo martes de mes, con humildad de monje, asiste al círculo literario organizado por el colombiano Gabriel Jaime Rodríguez en el café Juan Valdez de la calle 57 con Lexington, en Manhattan.

Tal vez dolido de ingratitudes pero alegre, a mucho menos de una década de haber llegado otra vez a E.U., y muy cerca de cumplir 87, una tarde de sábado de principios de abril, aceptó refrescar sus vivencias.

Unido a la Biblioteca Pública de New York, como su sala mayor al aire libre, el Bryant Park estaba colmado de visitantes de todas las lenguas y neoyorquinos felices que celebraban sin convocatorias previas la aparición del sol y los gestos de una primavera asustada este año por oscuros augurios.

Nereo llegó a la cita, menudo y enhiesto, de buen humor, y a pasos de adolescente, cabello y barbas blancas y en la mirada azul, inquieta y clara, que se distingue por encima de sus lentes.

Trajeado de negro con chaqueta impermeable y boina en pana de poeta subversivo, tomó asiento alrededor de una mesa metálica con 3 puestos, próxima a la terraza principal del parque, y antes de cualquier protocolo disparó su primer flash. "Lejos, atracó en Cartagena, su puerto de llegada al mundo, bamboleándose de pariente en pariente entre los 5 y 11 años de edad, con sus padres muertos, y atrapado en un agudo complejo de orfandad que lo llevó a tomar decisiones intrépidas. Por algún reclamo de una de sus tías, una noche se fue a vivir en un bus de los tantos que aparcaban en la esquina del parque Joaquín F. Vélez, al frente del Corralón de Maineros, un bloque inmenso de apartamentos posiblemente presente en la memoria urbana de los cartageneros.

A las 4 de la madrugada de todos los días se levantaba a tomar el baño de manguera con la que lavaban los autobuses y disipaba las horas siguientes entre labores del entorno. Le ayudaba al tío en un negocio de venta de licores frente al teatro Rialto en Calle Larga, y estudiaba ya bachillerato cuando participaba de los aquelarres de un grupo de muchachos que se reunían por pura amistad, llamado a sí mismo sin explicación que se recuerde los Mets, en el que militaba Manuel Zapata Olivella. La misma Cartagena que conmemoró todas las edades de Gabo y que no incluyó a Nereo, el fotógrafo que le dio a Colombia la crónica visual más completa de los días gloriosos del Nobel en Suecia a propósito de su premio, y que se convirtió en el libro De Aracataca a Estocolmo, editado por Colcultura en aquel memorable año de 1982.

En la licorería conoció a Miguel Arenas, gerente de la empresa Cine Colombia. Se ganó su aprecio y un día oyó que necesitaba un operador para la población de Berástegui y se ofreció a condición de que lo entrenaran. Los planes se aguaron porque a Arenas lo trasladaron de súbito a Barranquilla. Nereo insistió que lo llevara y semanas después, le comunicó que tenía un puesto de portero."Se tiene que poner uniforme", le dijo, y Nereo reculó un poco, pensando que su estampa juvenil enfundada en un traje ordinario de guardia lo haría víctima de las mofas de sus amigos y le afectaría sus incursiones amorosas.

Se fue de portero de teatro, pero al mes estaba en el departamento de publicidad como encargado de recibir todo el material de promoción de películas proveniente de E.U. y distribuirlo en el país. Al poco tiempo ensayaba las películas, hasta 2 al día, y se graduó rápidamente como segundo operador. Había comenzado la Segunda Guerra, y Arenas creció al punto de llegar a construir el teatro Rialto de Barranquilla, en la Calle de las Vacas, para atenuar la nostalgia de su sala de Cartagena. Allí llegó el cuñado de Nereo a operar, cargo que esperaba ocupar él por antigüedad y méritos. Hizo el reclamo a su mentor. "No sea pendejo, usted es el administrador", le dijo, y así anduvo de teatro en teatro, por toda la costa, en calidad de supernumerario, levantando cada sala que se caía por falta de atención, y así se fue enamorando de las imágenes, a la par que estudiaba pintura por correspondencia y empezaba a recrearse en los prodigios de la fotografía, seducido por la curiosidad que le sembró un amigo que viajó a Panamá y le pidió que le guardara una cámara alemana Afga 120 de fuelle.

Visitó a su amigo Jimmy Scoper, donde revelaban materiales, le enseñó sus osadías y este le regaló un libro, Cómo hacer buena fotografía, y una fórmula de revelado, que practicó sin medida en su casa, peleando contra su peor enemigo, el sol.

De repente apareció en Barrancabermeja como gerente del teatro local y patrocinando un equipo de béisbol, su mayor pasión deportiva, y que pagaba con la plata que se ganaba como aficionado a la fotografía revelando rollos. No jugó por carencia relativa de dotes, pero disfrutó aquel período por el cariño de sus entusiastas jugadores. Una tarde, entre los sudores del puerto vio a Zapata Olivella descender de una canoa y se saludaron de entrada como Mets. Se alojó en su apartamento, que servía además de depósito de películas, agotaron noches de cuentos, recordando las habilidades de Nereo bailando mambo y haciéndose preguntas acerca del destino de antiguas novias, hasta que Zapata Olivella avizoró de reojo una imagen aletargada en una esquina del escritorio y exclamó: "¿De quién es esa foto?" Era una del muelle con una manguera extendida que parecía una serpiente. "Muéstrame más" y le dijo que se las diera para llevárselas a Gabriel Trillas, de Cromos, quien preguntó: "¿Y este monstruo dónde está? Dile que mande lo que tenga". Fue el comienzo de su oficio y el aprendizaje inicial en la reportería gráfica.

Se hizo corresponsal de El Espectador, vino a New York al verano de 1952 y regresó a Barranquilla como reportero gráfico del mismo diario, y cuando lo cerraron, se vinculó a EL TIEMPO. Llegó a Bogotá como jefe de fotografía de Cromos, en 1957, ocho días antes de la caída de Rojas Pinilla y logró un reportaje inigualable con una Rollie Flex 6X6. Inquieto con los rumores de golpe, empezó a tomar fotos en la oscuridad de las cercanías de Palacio y logró captar la agitación de la madrugada. Los rollos se los iba entregando a su asistente Sevillita y en medio de las refriegas del día un soldado le quitó la cámara, le asestó un culatazo y se lo llevaron a la permanente de policía. Salió sin cámara y con el último rollo destruido, pero la revista se agotó con la revelación gráfica pormenorizada del acontecimiento, que ocupó ocho páginas interiores y toda la portada. Su vida en Cromos duró un año. Se puso a estudiar arte gráfico y organizó una agencia de noticias con información para Paris Match y Life, entre otras publicaciones. Entre tanto, le daba la vuelta a Colombia una vez cada año durante los seis que estuvo con O'Cruceiro hasta que se acabó. Pero no dejó de hacerlo en las siguientes tres décadas, aunque con menos regularidad.

Bajo la iniciativa de Jaime Paredes Pardo y Eduardo Mendoza Varela aparecieron títulos ilustrados con sus fotografías: Los oficios infantiles; Colombia, figura y estampa, según él horrorosamente impreso; Maravillosas Colombia, Ecuador y Venezuela, un tomo por país; El gran libro de Colombia, en fascículos, del Círculo de Lectores, y textos de Paredes Pardo inspirados por sus fotos; Los que esperan y su imagen; Homenaje nacional de fotografía, bajo la dirección de Ramiro Osorio como primer ministro de Cultura, y Colombia qué linda eres, editado por Educa. Lo tristemente célebre de estas publicaciones es que, salvo un par, los demás no pagaron regalías ni derechos de autor. El cuento del amor al arte.

A principios de 1987 montó en Bogotá una escuela, Nereo Centro de Enseñanza y Cultura Fotográfica, en una casa sobre la avenida 39 con calle 16 en Palermo. Le fue muy bien durante 10 años. Hacía exposiciones didácticas por lo menos cada 2 meses en la galería que acondicionó. Pero fracasó al final porque sus alumnos no querían otro profesor que no fuera él. Enterada de su ruinosa situación, una amiga de New York le escribió ofreciéndole el boleto y un lugar de llegada. Visitó galerías, dio vueltas, exploró, volvió a Colombia, y regresó hace siete años quizá para volver a nacer. "New York es la capital donde todo el mundo viene a lo mismo. Y en esa lucha estoy", dice, como si casi un siglo de su vida no existiera.

Le gusta porque siente que vibra. Está creando, bastante distante de comodidades. Vive solo en alquiler en un cuarto de una casa de familia en Richmond Hill en cercanías del aeropuerto Kennedy, y desde los seis metros cuadrados que le corresponden desarrolla su pasión por el estudio de la imagen digital. Ahora está aplicado a la transfografía, descomponiendo fotos suyas y haciendo con sus elementos otros contenidos, para lo cual utiliza técnicas viejas de fotografía. "El computador no crea, ayuda", expresa, para resaltar la supremacía del ingenio. En noviembre fue invitado a Harvard a dictar una conferencia, El Caribe Colombiano, y terminó dictando tres, incluida una para colombianos melancólicos e indocumentados que lloraron con sus memorias.

Noctámbulo, disciplinado, contador de chistes, académico de su profesión, hasta ahora se está dando cuenta de todo lo que ha hecho. Es como si la ciudad que escucha el parloteo de al menos 142 idiomas le hablara de su nueva juventud. "Todo lo que te gusta está aquí". Está tocando puertas con la ilusión de vender copias de su inmensa obra gráfica concebida en más de 50 años de bagaje profesional y artístico. A veces, nostálgico, siente la falta de dinero. Ofreciendo su trabajo, se contactó con Lart, fundación hispana que promueve a artistas como él. A su organización pertenece la editorial La Campana, con la cual se configuró un contrato para publicar un libro de fotografías de archivo que debe conocer la luz pública este mes o el próximo. El prólogo está a cargo de Santiago Mutis y el trabajo contempla unas 300 fotografías de los años 50 a los 70, la edición de 52 vintage de ellas en formato horizontal de 8 x 11 y un calendario adicional de 12 fotografías más.

Quiere conquistar New York y el libro es un principio, después de 7 años de soledades y durezas. Admite que se deprime de vez en cuando, pero se repone pronto. No quiere morirse porque apenas empieza a saber lo que ha hecho y quiere romper la indiferencia a punta de creación. Lo conmueve el momento, pero entre miles de personajes anónimos y paisajes que registran toda una época de Colombia y el mundo, en su memoria fotográfica viven dos niñas peruanas que vienen por el camino estrecho de un pueblo llamado Pisac, cerca de Cuzco, y una de ellas invade el paisaje con una risa exuberante. Otra es una criatura boyacense de tristeza estremecedora, recostada en un bulto de papas. Cuando estuvo en Checoslovaquia, los organizadores de la exposición le sugirieron no colgarla para evitarles traumas a los niños que iban a visitar la muestra. "Somos generación de la guerra y no queremos deprimir a nuestros niños".

Es cierto que no le cabe en su cuerpo una medalla más. "El Estado me ha dado todas las cruces y si me las pongo voy a parecer un cementerio ambulante". Es verdad que jamás se ha dejado llevar por el estómago. Asevera no ser buen lector de ficciones y no haber leído más de cuatro libros completos de literatura. "Que no sepa leer no quiere decir que no sepa escribir o mirar. Mi lenguaje es otro". Pero también es cierto que le ha entregado más de medio siglo a retratar a Colombia con la sabiduría de un ser correcto que ama su oficio y a su pueblo.

Eran las 6.30 de la tarde y bajo el sol primaveral de New York, Nereo se despidió sobre la avenida sexta con 40th Street en dirección a una estación del metro.

Por Jorge Iván Mora Zapata Nueva York

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